La rivalidad se manifiesta en diferentes comunidades a través del enfrentamiento u oposición entre dos o más personas, que generalmente poseen características similares y aspiran lograr lo mismo. Este sentimiento arrastra consigo otros más, como son: la envidia, los celos y el egoísmo; además trae repercusiones muy negativas en la vida de aquellos que la padecen.
La rivalidad puede ser observada continuamente entre cónyuges, sobre la base de quién lleva más dinero a la casa, quién es mejor profesional, quién tiene el mayor ministerio, entre otras cosas. Se manifiesta en las iglesias, con cuestiones como quién predica mejor, quién canta mejor, quién tiene más conocimiento de la Palabra, quién tiene el liderazgo más influyente, y cuestiones similares.
Son también escenarios de estas luchas las empresas, las escuelas, el vecindario y en cada lugar donde existan personas dispuestas a darle entrada a este destructivo sentimiento. Las personas que, tristemente han dado lugar a este mal, siempre tratan de restar valor a los logros de otros, buscando minimizar, y en algunos casos hasta ridiculizar a los que, de algún modo, (según la percepción de ellos) pudieran opacarles, quitarles popularidad o algún otro tipo de reconocimiento. Creyendo erróneamente, que haciendo quedar mal a otros, ellos fortalecen su propia imagen.
Sin embargo, aquellos que tienen identidad y conocen lo que portan, no resaltan las debilidades de otros ni dependen del anonimato de los demás para poder destacarse.
